02/02
No puedo evitar reirme al releer lo que yo mismo escribí ayer.
Exagerado; soy demasiado exagerado.
No recuerdo con claridad haber escrito algo parecido ayer e, incluso, no recuerdo haber escrito algo como eso nunca.
Resulta tan patético el empezar a escribir un diario a los veintisiete años...Oh, ¡ni que fuese un adolescente deprimido por culpa de sus estúpidos problemas!
Debí de estar muy desesperado o, quizás, un poco borracho. Lo único que se es que yo no soy así, no estoy tan dolido por dentro.
Pero se acabó, no volveré a mencionar más ese tema. Oh, ¡mi vida es demasiado interesante como para remover en el pasado! Ahora vivo en Génova, una preciosa ciudad italiana, alejado del frío invierno británico, pero, sin duda alguna, lo más importante para mi es el teatro, ¡oh, el teatro! ¿Qué sería de mi si no pudiera representar esas magnificas obras de la literatura? Posiblemente, moriría.
Acto seguido, cerré la vieja libreta donde escribia. Esto me parecia totalmente estúpido pero, inexplicablemente, conseguía ordenar mis ideas y relajarme...Tal vez, la idea no era tan estúpida...
-¡Buenos días!- La voz de Anna me taladró los tímpanos. Normalmente, me resultaba del lo más encantadora, dulce, pero me dolía demasiado la cabeza como para apreciarla.
Inconscientemente, me llevé las manos a la cabeza, acompañando la acción cn una mueca de dolor. Ella, al darse cuenta, se disculpó y se acomodó junto a mi, ofreciéndome una taza de café recién hecho.
Anna llevaba apenas un mes compartiendo piso conmigo. Oh, ¡ella es especial! Simplemente con mirarla a los ojos se lo que está pensando; tenemos una complicidad impresionante, además no está de más mencionar su belleza. Su cabello castaño le caía por debajo de los hombros y su cuerpo, moreno y atlético, siempre cubierto por cortos vestidos de colores fríos. ¡Oh, como me gustaría haber nacido pintor para poder plasmar todo su atractivo en un lienzo!
-¿Bebiste mucho anoche?-Preguntó, entre risitas, a la vez que me ofrecía, nuevamente, un café caliente. El olor a azúcar me envolvió y me hizo olvidar por un instante el dolor de cabeza.
-Creo que sólo un poco...-murmuré-Ya sabes que con una cerveza que me tome...-
Se hechó a reír y yo reí con ella. Su risa era lo que la gente suele llamar "una risa contagiosa".
-¡Debería cuidarte más!-
Asentí, poniendo los ojos en blanco.
Aquello me recordó a mi infancia en Liverpool, a mi madre enfurecida y protectora. Anna se parecía demasiado a ella.
Me imaginé a mis seis años, llorando tras haber caído de la silla, sin más que con un leve razguño...
-¿Trabajas hoy?- Anna me despertó de mis pensamientos; dejé de ser un chiquillo y volví al presente. ¡Oh, como añoró la infancia! Aquello años en el que los problemas aun no existen, ni el amor, ni las amistades verdaderas, nisiquiera, los sueños, porque, ¿se considera un sueño el querer ser veterinario? Todos pasamos por esa etapa, todos queriamos abrazar animalitos y poner vacunas. Todo es maravilloso hasta que descubre lo que es realemente ser veterinario...
-La función se estrena mañana- Contesté, orgulloso, poniéndome en pie.-¿Vendrás?-
-¡Desde luego!-
Ella parecía, incluso, más emocionada que yo. Me siguió a la cocina, parloteando sobre "mi prometedora carrera de actor".
Yo asentía a todo lo que me decía, sin prestar verdadera atención a sus palabras.
El efecto del café pasó al entrar en la cocina. Sentí la cabeza explotar tras cada sonido. Volví a llevarme inconscientemente las manos a la cabeza.
Anna me acarició la cara y m besó la mejilla. Su sonrisa era preciosa, radiante. El brillar del sol dejaba a la vista sus delicadas facciones.
-Ve a dormir, te despertaré para cenar.-
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